viernes, 5 de julio de 2013

Un editor no debe satisfacer un público, sino buscarlo

El árbitro del gusto literario

El ensayista italiano, autor de obras imprescindibles como La Folie Baudelaire y K., es también un editor clave, que ha redescubierto para el gran público, entre otros escritores, a Joseph Roth y Sándor Márai. Encuentro exclusivo en Milán
Por   
MILÁN.- En Milán, la estación más propicia es la primavera, cuando la época del frío rígido y de la nieve cede por fin a los tímidos rayos de luz que inundan la ciudad, y antes de que el calor tórrido la vuelva intolerable. En una calle arbolada del centro, a pocos pasos del Piccolo Teatro, centro neurálgico de las representaciones y de los simulacros milaneses, tiene su sede Adelphi, la editorial más prestigiosa de las últimas décadas en Italia. Uno de sus fundadores y actual director, el ensayista Roberto Calasso, recibió a adncultura en su estudio, rodeado de una inmensa biblioteca, cuyo origen es develado en esta charla. El diálogo -amable, placentero y laberíntico- tuvo por objeto las dos almas de Calasso: la del ensayista y la del editor. En su primera faceta publicó libros como El rosa Tiépolo y La Folie Baudelaire. En la segunda, entre tantos otros autores que publicó, fue un difusor clave de la obra de Joseph Roth y el redescubridor de un autor durante mucho tiempo olvidado y hoy mundialmente conocido: el húngaro Sándor Márai.
-Para algunos Adelphi, que cumple cincuenta años, es su obra más significativa. Usted mismo contribuyó a forjarla con el apoyo de Roberto "Bobi" Bazlen y de Foà.
-Mire, cuando nació Adelphi, en 1963, yo tenía sólo veintiún años. Había en Italia tres grandes bloques culturales: el marxista, el liberal y el católico. Todo estaba en juego entre esos tres poderes intelectuales. Nosotros no pertenecíamos ni queríamos pertenecer a ninguno de los tres. Éramos felices de sentirnos un cuerpo ajeno. Y, de hecho, así seguimos. Obviamente, hoy, de todos esos bloques queda poco...
-En este bellísimo libro que acaba de publicar en Italia, L'impronta dell'editore ("La huella del editor"), usted afirma que el acento de Adelphi estaba puesto en lo irracional y que, al haber publicado en los inicios la obra completa de Nietzsche por primera vez en Europa, todo estaba dicho.
-Sí, era un modo de decir que el advenimiento del pensamiento moderno estaba ahí, y no en todos los lugares o textos donde lo habían ubicado. Tenga presente que cuando empezamos, Nietzsche era casi innombrable.
-¿En Italia o en Europa?
-En Italia, pero sobre todo en Alemania. Tanto es así que, para poder publicarlo, primero encontramos un partner en Francia, luego en Japón y luego en Alemania. Los alemanes tenían miedo. De hecho, el editor alemán aceptó porque era un editor académico y porque había tenido una gran contribución económica del Estado. En realidad, cuando Nietzsche comenzó a circular en Francia a través de las lecturas de Foucault, Deleuze, Derrida, la moda ya se había impuesto en todos lados.

-Uno de los grandes méritos de la editorial es haber puesto en el centro la idea de "libro único", que propiciaba Bazlen. ¿Qué significa el concepto de "libro único" para una editorial?
-Era una fórmula de Bazlen, la idea de un libro cuyo ejemplo mayor está dado por el primer volumen de la colección Biblioteca Adelphi, de 1965, La otra parte, de Alfred Kubin. Que no sólo era el único libro en la vida de Kubin, sino que además correspondía a una experiencia de particular intensidad, que atraviesa a quien lo escribe y que se transforma en algo definitivo para un autor. Para Bazlen, no era importante sólo la calidad de un libro; también que hubiese constituido una experiencia capaz de marcar a fuego a un autor. Por eso, amaba a Strindberg, porque allí encontraba una atmósfera que quemaba. Todos los libros que ve aquí en mi estudio eran de Bazlen, una biblioteca imponente. No porque fuera un coleccionista, sino porque leía a los escritores del momento anticipándose a los tiempos. Descubría a un Kafka o a un Joyce en el momento en que salían y no cuando ya estaban consagrados.
-En un pasaje de su Historia de la literatura italiana, Francesco De Sanctis incluye a personajes que nunca escribieron una línea pero que hicieron posible en un determinado momento la circulación de la literatura. Si bien Bazlen privilegió más las ideas y los libros de los otros que su propia escritura, ¿no debería ocupar un lugar fundamental en la historia de la literatura europea?
-Para mí, por supuesto. Espero que otros se den cuentan.
-En la Biblioteca Adelphi, al menos en los años 70 y 80, la literatura mitteleuropea estuvo en el centro de la escena, con particular énfasis en las novelas de Joseph Roth. ¿Qué es lo que aportó la visión vienesa?
-Bueno, a lo largo de los años el concepto de libro único de Bazlen se expandió, por ejemplo, hacia la idea de obra completa o de serie de obras. Mire, cuando la literatura mitteleuropea se puso de moda en Francia en los años 80, con una gran muestra en el Pompidou, nosotros ya habíamos publicado decenas de volúmenes: Robert Musil, Kurt Gödel, Karl Kraus, Hugo von Hofmannsthal, Roth, Arthur Schnitzler, Adolf Loos. Constituían una constelación de escritores, no era sólo literatura. Lo extraordinario de Viena había sido la especulación en torno al lenguaje. Por un lado estaba Freud; por el otro, Wittgenstein, Kraus, Canetti. Todos con obsesiones muy similares y con orientaciones diversas. En Italia estos escritores entraron enseguida en el horizonte de los lectores, antes que en otros países.
-Usted menciona que las Brigadas Rojas, en un comunicado oficial, acusaron a Adelphi de llevar a cabo una sutil política antirrevolucionaria, justamente porque difundía a Pessoa pero también a escritores vieneses que destruían cualquier visión social utópica. Los terroristas de las Brigadas conocían perfectamente el programa de Adelphi...
-Sí, en ese comunicado ellos dijeron mucho más que todo lo que la crítica literaria había relevado en el tiempo. Ellos habían visto por qué todos estos libros estaban juntos, cuál era la "conexión" entre nuestros libros. Y eligieron a Pessoa. Cuando publicamos a Pessoa, que nadie conocía, casi no había habido reseñas. En cambio, ellos denunciaban que Pessoa les robaba un eventual antagonista, es decir, el joven capaz de enfrentarse al "orden social constituido".

-Además Adelphi no era una editorial como Feltrinelli, que estaba más cerca de la política de izquierda.
-Claro, Feltrinelli, por un lado, tenía una línea que era la del Partido Comunista, y por otro lado, temo que algunos libros que publicaron en esos años simpatizaban con el terrorismo.
-Al describir cómo los grandes editores europeos del siglo XX -Peter Surkhamp, Giulio Einaudi, Gaston Gallimard, creadores de sus editoriales homónimas, y Vladimir Dimitrijevic, director de l'Âge d'Homme- llevaron a cabo su propio proyecto cultural, fuertemente identitario, usted afirma que la actividad editorial es arte, forma y género. ¿Puede explicar estas categorías?
-Arte forzosamente. Componer algo y darle forma es un arte. Es un arte también el de la editorial comercial, que necesita vender sus productos. Pero es un arte sin calidad.
-Pero usted dice, de todas maneras, que las editoriales comerciales no tienen forma...
-Mire, la diferencia esencial entre la actividad editorial como arte y forma y como arte sin forma reside en el hecho de que la primera se mueve a partir del objeto-libro y de la idea de que ese objeto posee determinada cualidad, y así una editorial constituye una forma. El segundo tipo de editorial parte de lo contrario: quiere interceptar los intereses o las necesidades del público, se ajusta a lo que ellos llaman el marketing, que era rudimentario cuando empezamos. Hoy el marketing se está sutilizando. Trata de entender cómo se mueve la "libido" del lector, se ha vuelto cada vez más técnico a través de los medios informáticos. Y, en fin, la actividad editorial es género porque, si uno concibe una editorial como una obra, compuesta por distintas partes, la actividad editorial es un género literario. Es una especie de rama de la literatura misma y también del lenguaje. Esto tiene orígenes lejanos. Aldo Manuzio, en la Venecia del Renacimiento, tenía en claro cuál era su proyecto. La actividad editorial que comienza a fines del siglo XIX, sobre todo en Alemania y Francia, dio lugar al desarrollo de un nuevo género.

-Su libro, frente a la avanzada del libro electrónico y las nuevas fronteras de la lectura multimedial, ¿es acaso un canto de cisne del editor artista?
-Esas formas de las que hablábamos se están perdiendo. Muchas editoriales de hoy, incluso jóvenes, luchan por conservar un perfil. Pero quién sabe. Las cosas nunca van en progresión lineal. Las cosas se mueven desde siempre por picos y valles, y no en sentido horizontal. No se sabe qué será del mundo editorial tal cual lo vivió mi generación.
-Bueno, usted habla de tres riesgos del editor hoy: la autocensura, el dominio del mánager por sobre el editor, la cuestión de los derechos de autor...
-Sí, la autocensura es lo más penoso. Una vez que se afianza la idea de entrar en el deseo del publico, el editor tiende a anular su deseo. Éste es el fin de la actividad editorial: si uno no se anima a buscar un público, porque hay que alimentar sólo el deseo de consumir algo que ya existe, el editor pierde su razón de ser. Nosotros muchas veces hemos publicado libros que no sabíamos si encontrarían o no un público. Y, sin embargo, vimos con sorpresa que habíamos elegido bien.
-¿Adelphi, en el fondo, no creó a su propio público?
-Crear sería demasiado. Digamos que encontró su público.
-En su libro, afirma que Giulio Einaudi, el editor más importante en Italia desde 1930 hasta por lo menos 1970, fue un "Sumo Pedagogo". ¿Adelphi no persiguió la vocación educativa de Einaudi?
-No. Einaudi tenía otros criterios: formar. Nosotros, en cambio, hemos presentado las cosas tal cual eran, sin guías propedéuticas. Fuimos afortunados, porque respondimos al deseo de ciertos lectores. La fuerza de nuestras colecciones era la conexión, que permitía que cada lector buscara en una colección una afinidad.
-También fue original el perfil de la literatura italiana que propusieron, ¿no es cierto?
-Y, sí, la verdad que sí. Es suficiente ver el catálogo para constatar que nos movimos al margen del canon constituido: Solmi, Savinio, Satta, Praz, Manganelli, Sciascia, Landolfi, Arbasino...
-Y no se olvide de Juan Rodolfo Wilcock.. .
-Wilcock fue uno de nuestros primeros colaboradores. Yo lo conocí antes de comenzar aquí. Hizo para nosotros traducciones inolvidables, además de sus obras. Cuando comenzó a traducir, el español todavía lo tenía en la cabeza. Fue el primero que tradujo una parte de Finnegans Wake. Él fue un caso aparte.
-En su vasta obra ensayística ha hecho hincapié en una visión de la cultura universal que tenga en cuenta la relación entre hombres y dioses. ¿Su obra demuestra que, contrariamente a lo que afirman los historiadores, esa relación nunca se ha interrumpido?
-Si esa relación existe, debe existir siempre. Pero no siempre es percibida.
-En El rosa Tiepolo, sostiene que Tiepolo fue capaz de intuir "la circulación psíquica entre el cielo y la Tierra". ¿Qué significa exactamente esta frase?
- [Se sonríe de manera traviesa ante la osadía de la frase.] Mire, basta con mirar los cuadros para ver que en Tiepolo hay algo divino en el aire, en el cielo y en la Tierra. En él hay algo más respecto de los pintores venecianos que lo rodeaban. Sus dioses no son arbitrarios o convenciones culturales, son evocados realmente a través de sus cuadros.

-La literatura es el último refugio de lo sagrado, se lee en La literatura y los dioses. Presumo que no se refiere a ese fenómeno que Paul Bénichou llama la "sacralización" del escritor en Francia a partir de siglo XIX.
-No, eso es otra cosa. Primero, la Francia de fines del siglo XVIII hasta Baudelaire, que después subvierte todo, era una versión diluida de lo que fue la Alemania romántica. Hugo no es Hölderlin. Hölderlin, si habla de los griegos, se siente autorizado a hablar como un griego. Hugo, en cambio, como escritor decimonónico francés, es un mentor universal, una figura que alcanza una popularidad que nadie había tenido antes en el mundo de las cortes, implica una especie de monumentalización del escritor como nunca antes había existido.
-Bénichou lo llama "padre espiritual" u "oráculo"...
-Exactamente. Claro, en Francia todo esto se mezcla con el romanticismo alemán, pero de manera filtrada. El único que puede acercarse a la dimensión metafísica del romanticismo alemán es Gérard de Nerval, que termina recluido en un manicomio. Justamente, su figura es marginal en Francia. Pero aquí, "sagrada" es la figura social del escritor, y no comporta la búsqueda de lo sagrado.
-Esta interpretación de los signos que perduran del diálogo entre lo terreno y lo divino es la cifra de su obra. ¿No va a contramano de la ensayística contemporánea, que no se focaliza en este aparecer y desaparecer de los dioses?
-Sí, desde ya, a contramano no sólo del presente. Bueno, en realidad, este tema está por todos lados en mi obra. Ya sea en aquellos libros en que me ocupo específicamente de los mitos antiguos, como Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka o El ardor, ya sea cuando me ocupo de cosas más modernas, como en La ruina de Kasch, K., El rosa Tiepolo, La Folie Baudelaire... Porque yo creo que la relación entre dioses y hombres no es un hecho histórico-cultural, como nos han contado siempre, sino algo que está en las cosas como son.
-Toda una generación de latinoamericanos se fascinó con Pavese y la cuestión del mito, que coincidía con sus propios intereses en la vasta geografía del continente. Para él, la campiña piamontesa era una metáfora moderna de cómo los hombres seguían propiciando ritos antiquísimos. ¿Tiene algo que ver con Pavese el modo en que analiza usted los mitos?
-En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, efectivamente, Pavese fue uno de los pocos escritores italianos que tuvo sensibilidad hacia estos temas. A punto tal que se ocupó de la colección de estudios antropológicos y etnológicos para la editorial Einaudi y escribió los Diálogos con Leucó. Pero yo nunca seguí esa línea. Admiro lo que Pavese construyó casi en solitario en esos años. Por ejemplo, Elio Vittorini, que era un escritor contemporáneo a Pavese, era más bien cerrado ante esas búsquedas.
-¿Cuáles son las fuentes o los libros que influyeron en sus indagaciones?
-Yo me apasioné con textos mucho más lejanos en el tiempo. Por ejemplo, con Giordano Bruno, no sólo como teórico, sino también como escritor. Su prosa es una maravilla de la literatura italiana. En general, se insiste en la novedad de su pensamiento y no en la belleza de su escritura. Bruno insistió mucho en las apariciones de los dioses a partir de la cultura egipcia. El otro autor que influyó en mi obra es Giambattista Vico, genial para su época, y genial por haber proyectado todo lo que los antropólogos y etnólogos habrían de estudiar en el siglo XIX. Él sí que trabajó en una soledad total. En el siglo XIX, en Italia, hubo muy poco en esta dirección. En fin, de la tradición italiana a mí me interesa más la obra de los pintores.
-En La Folie Baudelaire, analiza, más que la poesía, la lucidez de Baudelaire para ver en la pintura lo que otros no veían. Por otro lado, en ese libro usted vuelve al concepto de analogía, entendida no como correspondencia entre los elementos de la naturaleza, sino como un modo de revelar la naturaleza como depósito de lo sagrado. ¿Detrás de un pensamiento analógico habría una historia sagrada en el origen?
-Mire, detrás del concepto de analogía se esconde una modalidad del conocimiento. Yo intenté explicitarlo en La ruina de Kasch y en mi último libro El ardor. Nuestro cerebro, nuestra fisiología están regidos por dos polos: el polo conectivo y el sustitutivo. Son dos modos en que operamos en todo momento. El polo conectivo es el que nos permite conocer a través de la semejanza o analogía. El otro implica la sustitución, en la que se funda el lenguaje discursivo. En el polo sustitutivo subyace la idea de la codificación: A significa B, una palabra sustituye una determinada cosa. Nuestro mundo tal como hoy lo concebimos se funda en este último principio.
-¿Su análisis de la modernidad quiere demostrar cómo el polo sustitutivo desplaza el analógico (que, de todos modos, sobrevive en determinados autores y artistas, que nos conectan con una visión del mundo aparentemente acabada...)?
-En efecto, desde el punto de vista de la eficacia más inmediata, el polo sustitutivo es más potente. Pero el otro polo, el conectivo, es esencial para nuestras vidas. Ahora, ¿qué es exactamente el polo conectivo? Se puede entender como analogía, esto es, proceso por afinidades, o se puede entender en sentido metafísico. Algo similar a lo que pensaba Baudelaire. Su indagación del mundo se refería a la tradición hermética, a todos aquellos escritos herméticos que remitían en última instancia a Platón. Esto atraviesa todos mis libros. Por ejemplo, el mundo moderno significa ante todo una toma de posición total del polo sustitutivo. Todo lo que funciona a nuestro alrededor en el presente se basa en la sustitución. Mientras que la política anterior a la Revolución francesa -la idea misma de monarquía- se basaba en el polo conectivo.
-Es el centro de sus reflexiones en La ruina de Kasch...
-En la historia suceden cosas extrañas. En La ruina de Kasch me pregunto por qué Talleyrand es una figura esencial de la modernidad. Es el hombre que atraviesa todas las fases no sólo histórico-políticas desde el Ancien Régime, la Revolución Francesa hasta la Restauración. Él inventa un truco que consiste en hacer pasar la Convención del Congreso de Viena, en 1814, como legitimidad. La cadena analógica de la monarquía, es decir, la idea sagrada del reino tal como la había concebido el mundo hasta la revolución, se había roto para siempre. Talleyrand comprende que, tras la caída de Napoleón, Europa necesita todavía algo que le permita ir hacia adelante. Entonces, de manera genial, inventa el concepto de legitimidad. Sin ello, Europa no habría podido mantenerse en pie. El truco magistral es que hace pasar la Convención, con un número limitado de reglas acerca de la herencia al trono, como principio de legitimidad. Es realmente increíble: el ex ministro de Napoleón, representante de la violencia invasora francesa sobre todas las demás naciones, impone su propia visión a través de una convención de pocas reglas que determinaba quién tenía derecho a gobernar de nuevo. Ese concepto va a regir en Europa hasta 1914, cuando todo finalmente explota. Todavía hoy todo régimen se basa en una idea de legitimidad, que se explica a través de una determinada convención sustitutiva.
-Una última pregunta. Su proyecto ensayístico ya va por la séptima parte. ¿Nos puede decir algo de su eventual continuación?
-Sólo le puedo decir una cosa: que estoy escribiendo la octava.

domingo, 2 de junio de 2013

domingo, 2 de diciembre de 2012

Editora de Libros

Adriana Hidalgo: “Editar libros es un modo de expresión, es transmitir algo que nos haga mejores”

La editora cuenta con un catálogo exquisito que hoy tiene más de 300 títulos de autores que van desde el filósofo italiano Giorgio Agamben a la novelista argentina Flavia Costa, -pasando por una colección de infantiles, libros sobre obras de artistas argentinos contemporáneos, poesía y primeras traducciones al español.

POR Gabriela Cabezon Camara

El editor no es lo primero que se ve: a apreciar su trabajo se aprende después, cuando uno ya se convirtió en un lector convencido y feliz. Ahí se empieza a valorar ese trabajo que, en los casos más destacados, consiste en la lenta elaboración de un catálogo, porque esa es la obra del editor. En este caso, antes de saber que era una persona y no una marca y un poco antes de prestarles una atención especial a los sellos, a Adriana Hidalgo esta cronista la apreció por libros como El árbol de Saussure (2000), de Héctor Libertella, o El libro de la almohada (2001), de Sei Shônagon, entre muchos otros. Fueron dos de las primeras piezas de un catálogo exquisito que hoy tiene más de 300 títulos de autores que van desde el filósofo italiano Giorgio Agamben a la novelista argentina Flavia Costa, —pasando por una colección de infantiles, libros sobre obras de artistas argentinos contemporáneos, poesía, primeras traducciones al español de autores tan importantes como la japonesa Minae Mizumura—, y que Adriana Hidalgo viene armando desde 1999 junto a su director editorial, Fabián Lebenglik, un editor de erudición tan diversa como inspirada. El día de la entrevista, esa especie de domingo relajado que, más allá de toda consideración política, fue para casi todos el 20N, están felices y preparando las valijas: Adriana Hidalgo y Fabián Lebenblik ganaron este año el premio al Mérito Editorial de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es un premio importante, de una de esas importancias que se arman también por quiénes fueron elegidos hasta ahora: Roberto Calasso (Adelphi), Antoine Gallimard (Gallimard), Beatriz de Moura (Tusquets), Jorge Herralde (Anagrama), Manuel Borrás (Pre-textos) y los argentinos Daniel Divinsky y Kuki Miler (Ediciones de la Flor), entre otros. “El día que nos llamaron nos sentimos gratamente sorprendidos. Pero hemos trabajado desde el principio para ser una editorial internacional, para poder llevar nuestros libros a toda el área idiomática”, cuenta Hidalgo. Eso, trabajar para el mercado entero del español, es lo que hace a una editorial sustentable, explica la editora, cuya formación “es económica”, dice, y se nota: “Una editorial como esta, con la venta en Argentina no se sustenta. Tenemos montones de lectores y muy buenos, pero para hacer buenas producciones y buenos libros, necesitás vender una buena cantidad. Y para eso, tenemos la enorme ventaja de tener un área idiomática enorme, toda América Latina y España. Hay que trabajar para vender en todos lados.”
-¿Y está difícil el comercio internacional para el sector editorial?
-Exportar es difícil porque tenés que vender en firme para poder ingresar las divisas que exige el Banco Central. La burocracia es mucha y compleja, pero vale la pena; de nuestras ventas, el 45 o 50% deben provenir de la exportación. Respecto de las restricciones para imprimir fuera del país, nosotros imprimimos casi todo acá, salvo los libros infantiles, que los hacemos en China; los hacen muy bien, cuestan un cuarto que en cualquier otro lado y podés ponerles un precio razonable. Para esos libros se complicó un poco, pero como tenemos crédito porque exportamos mucho, no tenemos problema. De todos modos, en un tema tan sensible como los libros no debería haber ningún tipo de traba.
-Definís a los libros como un “tema sensible”. Con un abuelo librero y editor (fundador de El Ateneo) son parte de tu vida desde antes de nacer.
-La librería y la editorial siempre fueron como una parte importantísima de la familia, algo absolutamente placentero. Yo crecí en un universo de libros, eran tan necesarios e imprescindibles, aprendí a convivir con ellos. Y a disfrutarlos. Me encantaba ir a la librería, entrar ahí a ese edificio gigantesco de la calle Florida. Una vez fui con una amiguita; en esa época había un busto de mi abuelo, que murió antes de que yo naciera. Le dije a mi amiga: ese es mi abuelo. Y todavía me acuerdo de su cara de sorpresa.
Claro: un señor con busto propio es un señor importante. Y esa importancia venía de los libros, que “están llenos de historias, de olores; son un mundo fantástico al que quise seguir perteneciendo.”
-Entonces decidiste ser editora.
-Empecé con este proyecto ya grande, tenía 48 años, después de vender El Ateneo. Creo que se fue dando naturalmente y tiene que ver con una necesidad de expresar algo; mi padre es un desaparecido –Héctor Hidalgo Solá, diplomático secuestrado en 1977–, entonces fue una forma de conjugar mis conocimientos, darle difusión a la literatura y al pensamiento, que es lo que te hace libre en última instancia. Y es un homenaje. Una forma decir algo, de transmitir algo que pueda servir de algún modo, para que seamos, no sé, mejores. Una desaparición es absolutamente improcesable, todavía casi no pasa un día sin que piense en m
Una editorial es siempre una obra. En este caso, también un modo de expresión que trabaja con los libros, la expresión de muchos, y la expansión del pensamiento y la libertad de tantos. Un premio muy bien ganado.

viernes, 5 de octubre de 2012

Magritte como pintor surrealista


René Magritte




Problematiza Magritte poéticamente la percepción, con acciones conscientes contra lo real. Estructura pictóricamente una semántica reñida con la nominación y lo nominable para ofrecernos una obra interlocutora del inconsciente. En oposición a la armonía Magritte se las ingenia para exponer dilemas que se apoyan en un origen recurrentemente intelectual. Bélgica 1898. René Francois Ghislain Magritte , su madre se suicidó. Surrealismo L luz intensa producida por un rayo pertinaz y que rompe nuestros contactos con lo terreno.

Influenciado inicialmente por Giogio di Chirico, Magritte descubre poco a poco, la fuerza de un lenguaje que se articula con imágenes de profundidad indefinible. Es un proceso semiótico regido arbitrariamente en el concierto de las convulsiones históricas que se van redimensionando en los canales expresivos de una estética que como la de Magritte voló en mil pedazos con todo y sus premisas para multiplicar fantásticamente sus temáticas a lomos de una fantasía liberada pese a todo. Surrealismo: estremecimiento sutil y profundo que nos asalta cuando la realidad no puede ser nombrada.



Magritte, surrealista, pasa de largo la tentación de los sueños para pintar enigmas como quien posee la fuerza de un azar lúdico para enfrentar destinos, como quien sabe perfectamente adónde conducen pasillos de laberinto.



Magritte, vigente, tesis que camina obediente de la mano rasposa del tiempo acusando fantásticamente el truco de la historia bajo una realidad enmascarada.
"Pintar un cuadro como si fuera una trampa...y la trampa consiste en una inevitable interpretación en la que caerán los amantes de la simbología, y pensarán en cualquier cosa menos en la idea absoluta que este cuadro describe."

Magritte rompe en algún momento con una cierta coherencia perceptiva que es distinguible en parte de su obra. Surrealismo : Triángulo temido del cual se afirma nadie regresa. Es tiempo de todos los tiempos venideros. La mancha sanguinolenta se convirtió en paréntesis que ratifica lo mismo en muerte, destrucción, humillación, abandono y soledad entre tantas soledades. El tiempo es de todos los tiempos que hoy exudan aún las balas sangrantes del monstruo que aún muerto siguió matando energías, siguió sembrando depresiones, siguió enrareciendo la atmósfera con su aliento mortecino y putrefacto...y aún sigue.
Magritte vigente lo es en cuerpo y espíritu porque aún hoy nos rodean los mismos síntomas de destrucción sin pendejadas. Magritte en su conjunción de elementos opuestos y contradictorios encontró un proyecto expresivo capaz de conflictuar las relaciones entre el arte y la realidad y el problema de la no realidad en el arte.
Magritte conflictúa la denominación de los elementos presentes en cada cuadro alterando los esquemas occidentales que paralizan el pensamiento reduciendo el potencial cognoscitivo por la vía de una especie de objetualización de la experiencia en unidades sonoras, arbitrarias y codificadas.
Son "observatorios" para una exploración lúdica de ida y vuelta, son "cartografía" arbitraria de un universo sin puntos cardinales. Son naves seductoras que despegan y aterrizan pertinaces movidas por la propulsión fantástica de las emociones íntimas y, son también, "espejos" que reflejan, cómplices, el tinglado complejo de voluntades y deseos múltiples para cerrar la "pinza" de un juego interno nada nuevo.

Cada obra se mece colgada en el tendedero de las provocaciones múltiples, esperando y generando respuestas y discursos que ya no están en la palabra pero que están ahí oreándose bajo los rayos simbólicos de un sol cultural que las vitamina, fortaleciendo esa toma de placer estético que se excita "tan callando".
En la azotea de los resultados, la experiencia notifica los elementos, lo elemental, lo primitivo y lo primero. Queda claro de nuevo que están ahí prendidos con pinzas las prendas más íntimas de la vida sintetizando misterios y formas en cada forma sincerada consigo mismo al saberse prenda íntima también.
Malabareamos gustosos con símbolos de frescura incontable mientras nos dejamos sorprender por los lengüetazos intensos de la obra que se hace pertinente para atraparlos en el laberinto carruselesco de esas imágenes que nos arropan.
Es ése uno de los grandes chistes, de los grandes humores, que enseñan enseñando con sus paradojas, sus contradicciones y su necedad. Es como aplaudir a una manos que se quitan los guantes para aplaudir. Es como meter la cabeza a una caja de espejos y sorprendernos por el realismo de la imagen.




Si por algo entonces se mueven las palancas de un lenguaje trenzado siempre con la sorpresa, es porque se parece al amor curioso este de exponernos en la conjunción de verbos balbuceados siempre, capaces de poner en comunión ese conjunto de prendas íntimas, que tanto se parecen a nosotros.
La pintura le ofrece a Magritte un reducto que se subordina a las necesidades más íntimas de su fantasía transgresora, revolviéndose en la hierba fresca del paisaje más frondoso donde florecen las metamorfosis. 
 
 
 




miércoles, 19 de septiembre de 2012

Espectros de Artaud

Un fantasma recorre el museo

La muestra ‘Espectros de Artaud’ rastrea en el Reina Sofía la influencia del poeta francés en nombres decisivos para la vanguardia artística de la posguerra

Antonin Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926.
A veces dos pequeños fracasos producen un éxito grande. En 1946 Antonin Artaud volvió a París después de nueve años de internamiento psiquiátrico en los que un mismo médico usó como terapia con él el dibujo y el electroshock. Su cerebro era el de un genio y, a la vez, kilo y medio de terminaciones nerviosas. Poeta, dramaturgo, actor y dibujante, el autor de Van Gogh el suicidado por la sociedad tenía 50 años y los bolsillos vacíos. Para sacarlo de la indigencia, se fundó una Societé des Amis d’Antonin Artaud que organizó dos desastrosos actos que hoy forman parte de la historia de la cultura del siglo XX.
El primero, celebrado en un teatro en 1947, fue la puesta en escena a cargo del propio Artaud de tres horas de poesía fonética, tartamudeos, aullidos y “atletismo afectivo”. Pese a haber preparado la función al detalle, los papeles se le cayeron del atril y sus nervios terminaron por estallar. El segundo fracaso histórico fue en el fondo un acto de censura, el que sufrió la emisión radiofónica de Para terminar con el juicio de Dios, una obra para tres actores —María Casares entre ellos— que su creador consideraba “un modelo a escala” del teatro de la crueldad. Tenía que emitirse el 2 de febrero de 1948. Artaud murió de cáncer el 4 de marzo.
Aquella pieza de 45 minutos puede escucharse —desde hoy y hasta el 17 de diciembre— en una de las salas del Museo Reina Sofía dentro de Espectros de Artaud. Lenguaje y arte en los años 50, una exposición que reúne 300 obras destinadas no a elevar al escritor francés a los altares de la literatura —lleva allí décadas— sino a rastrear su influencia en tres escenarios fundamentales para el arte del último medio siglo: Francia, Estados Unidos y Brasil.
“No se trata de postular una inexistente escuela de Artaud sino de proponer una genealogía alternativa a la hora de contar la historia del arte contemporáneo”, afirma Kaira M. Cabañas, profesora en la Universidad de Columbia y comisaria de la muestra junto al compositor francés Fréderic Acquaviva. Si Derrida invocó el espectro de Marx para analizar su vigencia en medio del nuevo orden mundial, Cabañas invoca el fantasma del autor de El pesa-nervios para poner énfasis en un camino distinto del, Picasso aparte, tradicionalmente hegemónico, el abierto por Marcel Duchamp: “Frente a una línea que, a partir del ready-made, pone el énfasis en el objeto, se trata de reivindicar el lenguaje y el cuerpo, la tensión entre palabra e imagen, texto y habla”.
'Les nombres XI' (Los números XI), obra de 1952 del artista francés Isidore Isou.
Entre los artistas que conocieron la influencia viva de Artaud destacan los franceses Isidore Isou y Gabriel Pomerand, que en 1946, dos años antes de la muerte del poeta, fundaron el letrismo. La guerra mundial había vuelto inservibles las palabras y los letristas tradujeron esa crisis en novelas dibujadas, cuadros en los que la letra es icono, sinfonías con la voz como instrumento solo y películas en las que la única imagen es una luz blanca proyectada sobre un enorme globo de helio.
Más allá de que Isou terminará siendo tratado por el psiquiatra de Artaud, en su obra y en la de sus compañeros está la huella —o el espectro— de las teorías de su compatriota: defensa de la expresividad formal del lenguaje frente a sus aspectos semántico y gramatical; creación de un cine en el que imagen y sonido no sean gregarios; defensa de un teatro ajeno a los códigos de la literatura...
Al otro lado del Atlántico, 1952 fue una fecha clave para el arte contemporáneo. Ese año tuvo lugar en el Black Mountain College de Carolina del Norte el que pasa por ser el primer happening de la posguerra: Theater Piece 1, una obra creada por John Cage a partir de su lectura de El teatro y su doble, la obra cumbre de Artaud. Para evaluar su trascendencia basta pensar que en la performance participaron Robert Rauschenberg, Franz Kline, Merce Cunningham, Charles Olson, David Tudor o M. C. Richard, es decir, media enciclopedia de la pintura, la danza, la poesía y la música de vanguardia.
El mismo año que Cage ponía en escena su pieza en Asheville, Décio Pignatari y los hermanos Augusto y Haroldo de Campos fundaban en São Paulo el grupo Noigrandes. Aglutinante de la poesía concreta, el colectivo jugó con el carácter espacial y sonoro de las palabras —cocacola/cloaca— y tuvo su propia disidencia en Rio de Janeiro de la mano de Ferreira Gullar, firmante del Manifiesto neoconcreto junto a artistas que, como Lygia Clark y Lygia Pape, explotaron tanto la expresividad de la geometría como el carácter informe del cuerpo y la fragilidad de la mente humana. Que Espectros de Artaud se cierre con un epílogo dedicado a experiencias pioneras de la anti-psiquiatría brasileña como el Museo de Imágenes del Inconsciente recuerda lo inestable de la frontera, también artística, entre crítica y clínica.

martes, 11 de septiembre de 2012

Pasión por Picasso

Pasión por Picasso en Olavarría

Más de 160 piezas de una colección privada nunca exhibida en el país reúne la muestra itinerante “El lenguaje gráfico de Picasso”, que acaba de inaugurar su primera escala.

POR Marina Oybin

"Yo hago lo imposible porque lo posible lo hace cualquiera”. El hombre que desató la gran acción de ruptura en la historia del arte moderno estaba convencido.
Con más de 160 deslumbrantes litografías y linografías, El lenguaje gráfico de Picasso ocupa cinco grandes salas y el auditorio del Centro Cultural Municipal Hogar San José, en Olavarría. Inaugurado en 2010, el centro cultural es una bella construcción de 1913 donde funcionó un hogar para niñas huérfanas, y conserva la capilla de época, impecable y los bancos de piedra hechos a pico y pala por los penados en Sierra Chica. Las amplias salas, que para la exhibición se pintaron de distintos colores y están ambientadas con música inspirada en Picasso, dan a un increíble parque. Allí, entre el perfume de pinos y la embriagadora música flamenca, la noche de la inauguración fue pura alegría. No faltó nadie en Olavarría.
Con curaduría de Mariela Alonso, la muestra, que luego se verá en distintas ciudades de la Argentina y de América Latina, reúne un conjunto de obras que se exhiben por primera vez; todas pertenecen al grupo de coleccionistas argentinos Ví + Arte. Son grabados que integran una colección mayor y que en esta ocasión fueron bellamente enmarcados.
Pintor, escultor, ceramista, Picasso se metió también con el grabado: desde los inicios de su carrera hasta la última etapa, llegó a hacer dos mil estampas. Si bien muchas veces su obra gráfica se complementa con la pintura y la escultura, en general es bien particular: esta técnica le permitió celeridad, experimentación, una expresión inmediata.
La muestra, que integra obras de los años 40 hasta sus últimos grabados eróticos, y que incluye “Muchacha según Cranach”, su increíble debut en linografía, es un recorrido gráfico por la vida de Picasso, que compartió con devoción sus pasiones en el lienzo y en el papel: nunca dejó de ser autobiográfico. Sus obras son un singular diario íntimo.
Con linografías y litografías realizadas desde 1960, en una sala pintada a puro carmín y en la que suena el lamento inconfundible de El Cigala, avanza la tradición taurina que marcó vida y obra de Picasso. En esa arena manchada, donde conviven espectáculo, alegría y sufrimiento, sus toros y toreros condensan violencia y crueldad en la lucha por la supervivencia. Están los picadores que hieren y zahieren al toro hasta debilitarlo. Eso sí, jamás darán la estocada final: ese gesto de poder del hombre sobre la naturaleza queda en manos del matador. Entran también en el gran espectáculo popular las ecuyeres, amazonas avezadas, y los manolos y manolas. Se sienten las palpitaciones del gran artista malagueño. Estremece el lamento de El Cigala. En ese mundo de arena carmín, Picasso tuvo grandes amigos toreros, como Luis Miguel Dominguín, a quien le dedicó uno de los grabados que está en sala. “Los toreros nos permiten hablar de la primera etapa de la vida de Picasso: su primer óleo, a los 8 años de edad, y su primer grabado, a los 15, son picadores. Para él, el torero es la metáfora de la vida: representa la persona que se enfrenta a la tragedia de la vida. El toro es esa fuerza incontenible que tenemos que enfrentar en la vida cotidiana”, dice la curadora.
Irrumpe el minotauro que escapó del mito para meterse con fuerza en sus obras entre 1933 y 1937 (gran parte de las series impresas en este período integran la Suite Vollard). Extraño Asterión que recorre caminos sinuosos, ambiguos, que lo guían por los laberintos picassianos: el minotauro es desde personaje macabro, al punto de convertirse en algunas obras en violador, hasta criatura híper frágil que agoniza en el ruedo o, como en la peor pesadilla de un artista, se vuelve ciego.

Están los grabados que hizo Picasso en homenaje a sus talleres, casas, sitios que amó, y a algunos amigos como Paul Eluard, el gran artista de la resistencia francesa (Picasso ilustró muchos libros de poemas suyos). Se expone la bellísima litografía “Desnudo acostado y gato. Homenaje a Georges Braque” (1964), que hizo cuando su amigo, su gran compañero de aventuras en el cubismo, cumplió 80 años. Con él llegó a firmar obras a dúo. La fragmentación de los objetos, para ellos nunca fue un alejamiento de la realidad sino todo lo contrario: la forma en que el ojo captaba todo lo que veía. Fueron aliados en un momento en que ni las vanguardias comprendían el cambio radical que empujaba Picasso.
Con figuras atormentadas que recuerdan a las del “Guernica”, símbolo de resistencia contra el fascismo, la impresionante litografía “La guerra” (1954), evidencia su visión antibélica. En contraposición, “La paz”, con iconografía de esta temática, es etérea: madres con bebés, chicos jugando y caballos alados parecen flotar. Están también esas palomas picassianas, símbolo de la paz y la libertad, temas centrales en su obra.
En enero de 1937, antes de empezar a trabajar en el Guernica, Picasso arrancó con “Sueño y mentira de Franco”, que incluyó un texto escrito por él. El producto de la venta de los grabados se destinó a un fondo para ayudar a los republicanos en España. Son dos fabulosos aguafuertes, con nueve escenas cada uno, en las que ridiculiza al general Franco. En la primera, creó una tira cómica, bien ácida, que narra las aventuras de un Franco representado como pervertido caballero cristiano, en parodia a los héroes legendarios españoles. Picasso se ríe de su supuesta virilidad y pone blanco sobre negro la violencia y la destrucción de la cultura y el arte en manos del general. En la segunda lámina, que es trágica, ya aparecen imágenes que retomará en el “Guernica” como una mujer llorando, desgarrada, con su hijo muerto, y el caballo agonizante –el propio Picasso, esquivo en general a hacer interpretaciones de sus obras, dijo que en el “Guernica” representa al pueblo.

Esperanzadora, alegre, con colores luminosos, como su recordado óleo “La alegría de vivir”. Así es la serie que pintó a partir de 1946, cuando se fue a vivir a la Costa Azul: su lugar en el mundo. Si bien viajó algunas veces a España para ver a sus amigos y familiares y para disfrutar de las corridas de toros, Picasso prometió no volver definitivamente hasta que terminara el franquismo, pero murió antes. En la serie de grabados realizados tras la Segunda Guerra Mundial, vuelve sobre algunos tópicos del período rosa. Están sus deslumbrantes “Bacanal con pareja de amantes” y “Bacanal con cabra”, con personajes que se retuercen de placer entre el azul cerúleo más bello que usted jamás se haya podido imaginar. “La temática del 20, del 30, e incluso de los inicios del 40, es muy dramática. Cuando termina la guerra el estilo sigue siendo picassiano, pero los temas se transforman completamente: recupera personajes como los pierrots, saltimbanquis y los acróbatas de la época circense de la etapa rosa y, al tiempo, se reencuentra con la mitología mediterránea”, dice Alonso.
El circo se transforma en comedia humana y sus personajes son representados por Picasso: se vuelve simio, deforme, enano, infeliz clown, gnomo. Como un Pigmalión redimido, Picasso pone el foco sobre su propia figura envejecida, en contraposición a bellas modelos, amazonas, y bailarinas. Además, recupera los temas mitológicos, que ya había abordado, por ejemplo, en las ilustraciones de la metamorfosis de Ovidio, pero ahora lo hace con sello báquico. Y hay fiesta dionisíaca con mujeres desnudas en medio de bucólico campo. En un clima idílico, avanza un desfile inagotable de faunos que llevan mujeres, amazonas, pierrots, enanos panzones, cabras y, desde luego, toros. Porque el toro, a veces, también es el propio artista. En escenas amorosas simboliza la figura masculina: es energía reproductiva, fuerza irrefrenable, pasión.
“El arte no es nunca la aplicación de un canon de belleza, sino lo que el instinto y el cerebro pueden concebir independientemente de ese canon. Cuando se ama a una mujer, no se toman instrumentos para medir sus formas, se la ama por el deseo que nos provoca y, sin embargo, se ha hecho todo lo posible para introducir el canon incluso en el amor”, sostuvo Picasso en 1936. Sus grandes amores fueron también sus modelos. En sala, una serie de retratos nos acerca a Jacqueline Roque, su última mujer: musa inspiradora a la que siempre pintó bella, angelical. Pero no todas tuvieron la misma suerte. Françoise Gilot, su pareja durante diez años, fue inmortalizada por Picasso como “La Femme-Fleur” pero después llegó a representarla como un frío caballero medieval con armadura, una mujer a la defensiva, que uno descubre en uno de los grabados en sala. Para Gilot, todas las pinturas de Picasso son un diario de su vida: “Aunque Picasso estaba pintando el retrato de una mujer, siempre se trataba de su propio autorretrato”, sostuvo Gilot, a sus 90 años, en una entrevista con el diario australiano The Sydney Morning Herald, en 2011. “Les mentía a todas para mantenerlas a su alrededor”, dijo. “La forma que tenía Picasso de eliminar una mujer tras otra era retratarlas. Cuando perdía el interés por una mujer, pintaba retratos despiadados: por ejemplo, Olga con dientes de navaja, vagina con filo de sierra, cuerpo retorcido”, señaló la otrora Femme-Fleur, quien lo describe como “un poderoso minotauro capaz de fulminar a sus mujeres, un gran río que arrastraba en su corriente restos y esqueletos y que necesitaba mucho sexo”.

Sus relaciones amorosas y familiares son un capítulo trágico. Fernande Olivier, Eva Gouel, la bailarina Olga Khokhlova, Marie-Thérèse, Dora Maar (fotógrafa vinculada al movimiento surrealista), Françoise Gilot y Jacqueline Roque fueron sus amores. Cuando en 1964, Gilot publicó La vida de Picasso, que ponía el foco en sus relaciones y amantes, Picasso, como represalia, cortó el vínculo con Claude y Paloma, los hijos que había tenido con ella. Nunca más volvió a verlos ni a responder llamados y cartas, y avanzó en un juicio por el libro, pero lo perdió. Gilot inició otro juicio para convertir a Paloma, Claude y Maya (la hija de Marie-Thérèse) en herederos legales de Picasso. “A Picasso lo enfureció –dijo Gilot– pero había dado su palabra de que amaría y protegería a sus hijos, y no cumplió su promesa”.
La relación de Jacqueline con los hijos de Picasso fue tensa, cuando murió no dejó que Claude, Paloma, Paulo Picasso (hijo de Olga, la única mujer con la que se casó) y Pablito (hijo de Paulo) se despidieran de Picasso. Pablito volvió a su casa y se tomó una botella de lavandina; Paulo murió alcohólico a los 54 años. Sus mujeres tuvieron un destino trágico. Dora Maar (que fotografió el proceso de creación del “Guernica”) terminó en un manicomio después de que él la abandonara. Tras la muerte de Picasso, Marie Thérèse se ahorcó y Jacqueline se pegó un tiro.
Una sala reúne fotos de Picasso más íntimo tomadas por David Douglas Duncan. A Picasso le fascinaban las fotos y Duncan le tomó más de 25.000. “Era un hombre bajito, pero su mirada lo hacía enorme. No estoy seguro de haber podido capturar todo el significado de esa mirada. No era algo intimidatorio. Era algo misterioso e indescriptible”, dijo el fotógrafo. En sala, hay una serie de fotos del libro Goodby Picasso. Ahí está, en slip, bata en mano, Picasso junto a su perro Kabul. En otra imagen, mira con ternura a Sylvette, la modelo de cabello recogido que pintó con fruición. Más allá Picasso hace pasos de danza, divertido, junto a Jacqueline. La cámara lo sigue y pone el foco en papá Picasso jugando a la cuerda con Claude y Paloma, en el Castillo de Vauvenargues, donde vivió. Hay una imagen extraña: se lo ve con una especie de gran plumero junto al “Guernica”. Hay también una hermosísima producción de fotografías estroboscópicas de la revista Life: Picasso dibujando con la luz de una linterna vuelve la escena fantástica. A unos pasos, de espaldas al mar, el artista deviene minotauro: lleva una cabeza de toro sobre la suya que oculta el misterio de su mirada.
Picasso consideraba que “el arte que era casto no era arte”. El principal enemigo de la creatividad, decía, era ese denominado buen gusto. Si bien es un tema constante en su obra, los grabados de su última época ponen el foco con mayor intensidad en el erotismo. Se exhibe una selección de los 20 grabados eróticos (de la Suite de 347) que fueron editados en 1970 con seis obras de John Lennon, en un libro que buscó iniciar una serie de publicaciones sobre las relaciones entre erotismo, belleza y arte. “Integrar las imágenes de Lennon a las de Picasso fue una manera de rendir homenaje al arte como espacio de libertad”, explica la curadora.
Son grabados amorosamente eróticos que dialogan con las seis litografías originales que hizo Lennon con Yoko Ono como modelo, que fueron confiscadas por Scotland Yard, y luego recuperadas (editadas por el Fondo Editorial Buenos Aires en 1970). Esa serie de obras integran el proceso creativo que el músico desató con su famosa performance “Bed in for peace”, como un grito de libertad contra la guerra de Vietnam.
Entrañable minotauro. Para Picasso, la vida fue una corrida, una sangrienta lucha contra la muerte. Prolífico, hipnótico, revolucionario, único, siguió trabajando hasta sus últimos días. Nunca dejó de experimentar, desde que, apenas a los 15 años, su pintura “La Primera Comunión”, que cumplía con todos los requisitos de la exigente academia, fue seleccionada para la Tercera Exposición de Bellas Artes, en Barcelona. “Pintar como los pintores del Renacimiento me llevó años, pintar como un niño me llevó toda la vida”, afirmó. Y no paró. Cuando la muerte le pisaba los talones, como una conjura imposible, se apuró a crear cada vez más.

FICHA
El lenguaje gráfico de Picasso

Lugar: Centro Cultural Municipal Hogar San José, Olavarría.
Fecha:  hasta 23 de septiembre.
Horario: lun a vier, 9 a 20; sáb, dom y feriados, 15 a 21.
Entrada: $10; estudiantes y jubilados, $5; miércoles, gratis.