domingo, 12 de enero de 2014

Sobre los suplementos culturales

"Hoy a los suplementos culturales les falta un poco de humor y ganas de reírse"

 Es el mítico editor y productor detrás de las grandes producciones literarias y musicales de las décadas del '60 y '70 en Argentina. Regresó al país luego de años en España y a los 81 años trabaja en su propia colección de libros en la Biblioteca Nacional.    

por Mariano Zamorano
Cómo conviene presentar a Jorge Álvarez? ¿Qué nombres propios que hayan pasado por su editorial o sello discográfico no entran entre las celebridades de la literatura y el rock nacional de las décadas del 60 y 70? ¿Qué dejó su paso de varias décadas en España y qué trajo su regreso al país? Una ayuda para comenzar a desentrañar alguna de las respuestas puede encontrarse en el apéndice del libro Memorias (Libros del Zorzal), que Jorge Álvarez publicó en septiembre de 2013, donde figuran los más de 200 libros que la editorial que llevó su nombre lanzó entre 1965 y 1968, y la discografía del sello Mandioca, La madre de los chicos y su sucesora Talen Microfon.


El encuentro se produce en el patio central de un hotel de la calle Gallo, en el barrio de Palermo, y enseguida Álvarez dice estar agradecido y sorprendido por el recibimiento que tuvo en el país, luego de que un conjunto de factores incidieran en su vuelta –dentro de los que ubica la crisis económica, "el corrimiento a la derecha" del gobierno español y su presencia durante los festejos del Bicentenario en pleno centro porteño–. "Mi regreso ha sido muy sospechoso. Coincidí con los festejos del Bicentenario que se realizaron en la Avenida 9 de Julio, y me pareció todo muy alegre y novedoso. Ya venía hablando con gente de acá que me llamaba y me pedía que volviera. Uno no puede evitar entusiasmarse. Con mi retorno, a Horacio González se le ocurrió hacer en la Biblioteca Nacional una muestra homenaje (Pidamos peras a Jorge Álvarez) y tuvo mucho éxito. Hubo mucha gente interesada, así que me encontré divertido y haciendo reír a las personas." 
Figura histórica del campo cultural, Álvarez dice que en la actualidad una parte de sus lecturas fijas las dedica a los suplementos literarios y de espectáculos de los diarios nacionales. "¿Sabés qué le falta a los suplementos culturales? Un poco de humor, simpatía, ganas de reírse. Son como demasiado serios. Antes estaban Oski, Copi, Mafalda y Landrú, y la gente tenía ganas de reírse, no se tomaba mucho en serio nada, y por eso yo me llevaba bien con todos." 
De alguna forma, la semilla de su trabajo de editor puede relacionarse con su particular relación con el peronismo (ver recuadro aparte) y una fallida primera biografía de Evita que David Viñas se rehusó a escribir, luego de que Juan José Sebreli tomara como propia su idea. La anécdota es conocida y Álvarez no pierde oportunidad en narrarla: corría el año 1961 y era empleado de la librería que regenteaba Roque Depalma Editor, cuando Viñas se acercó y le contó que preparaba la biografía de Eva Perón. El hasta ese momento joven empleado de confianza, conociendo la característica de librería de textos jurídicos de Tribunales, les sugirió a sus empleadores bajo amenaza de renuncia que editaran el libro. Tras la previsible negativa (los jefes alegaron "cuestiones políticas"), Álvarez decidió abrir su propia librería/editorial, ubicada en Talcahuano 485, dando comienzo a la leyenda. "Lo curioso fue que ese libro de Viñas jamás apareció por culpa de Juan José Sebreli, que cuando leyó que David estaba embarcado en ese proyecto se adelantó y se puso a escribirla él. Sebreli fue vivo y rápido, pero se terminó jodiendo. La biografía de él no era importante y lo poco que escribió David y llegué a leer, sí lo era", dice Álvarez –quien unos años después de ese encuentro fallido con Viñas tuvo su revancha al publicar Literatura argentina y realidad política.
"Lo nuevo de Jorge Álvarez", comenzó a ser el pedido frecuente que recibían los libreros. Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia, Rodolfo Puiggrós, Juan José Saer, Ricardo Rojo (según Álvarez "el primer autor de un libro sobre el Che Guevara") fueron algunos de los autores que dejaron huellas en las distintas colecciones de la editorial.   
En tiempos donde grandes editoriales lanzan colecciones bajo el rótulo de "nuevo boom de crónica latinoamericana", la colección que apareció entre 1965 y 1969 por la editorial Jorge Álvarez sirve como insumo para refutar el adjetivo comercial de "nuevo". Dirigida por Julia Constenla, a cargo de la publicación de 21 títulos, la colección abarcó desde Crónicas del amor (con textos de Silvina Bullrich, Marco Denevi y Liliana Heker), Crónicas del Paraguay (Gabriel Casaccia, Jorge Rodolfo Ritter y Josefina Plá), Crónicas de Norteamérica (William Faulkner, Thomas Wolfe y Ring Lader), Crónicas de Latinoamérica (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Guillermo Infante), Crónicas del sexo (Eugenio Cambaceres, Manuel Mujica Láinez y Piri Lugones) y Crónicas para las fiestas (Truman Capote, Ricardo Guiraldes y Antonio Gramsci). "Más allá de la veta comercial que pueden llegar a tener las editoriales actuales, me alegra el interés que está generando la crónica. Soy de los que piensan que ese boom del que se habla ahora se produjo desde mediados de los años sesenta. Hay que prestarle atención a los cronistas, incluyendo las grandes plumas como Rodolfo Walsh y Francisco Urondo, que también pasaron por la colección."
El adiós a los libros llegó en 1968, año que Jorge Álvarez recuerda como aquel que Krieger Vasena y Juan Carlos Onganía decidieron ponerse monetaristas, desnacionalizar la economía y desproteger al empresariado argentino. El hecho de ser un "capitalista sin capital", la decisión de no vender la editorial para que otros vendieran libros en su nombre, ni llamar a acreedores para solicitar confianza hicieron que el editor pasara a ser productor musical. Lejos de recordarlo como un momento traumático, Álvarez dice que era una época notable para sumergirse en el mundo de la música y ayudar a que la sociedad conociera al notable semillero que sería el "motor del nacimiento de rock en español". De esta forma a fines de los sesenta nació el sello Mandioca, definido por Álvarez como el primer sello independiente de rock de Buenos Aires y, quizás, de América Latina. Fueron tiempos de invitaciones a conciertos en alcancías con formas de manzana con la inscripción "rompeme", y un tal Luis Alberto Spinetta, con la certeza de que Álvarez había comenzado a terminar con la tradición de la música comercial del país. "Miguel Abuelo, Pappo, Manal, Vox Dei, eran todos músicos vivos, inteligentones, que se reían de todo. Tuve mucha suerte de conocerlos y trabajar con ellos", dice Álvarez.
A comienzos de la década del setenta, en el sello Talent Microfon –"sucesor natural de Mandioca"- conoció junto a Billy Bond y el Gordo Pierre a dos chicos del colegio Damaso Centeno: Charly García y Nito Mestre. Del primer encuentro pasaron sólo 24 horas para que Sui Generis tuviera su primer contrato. "Mi relación con Charly fue horrenda, nos llevamos muy mal, pero con respeto. Yo sé que él es el mejor y él sabe que yo soy el mejor. Alguna vez dijo que yo era la única persona que había conocido en el mundo de la música que sabía lo que hacía. Me pidió que llevara a Sui Generis al BA Rock cuando no los conocía nadie, y llevaban años dando vueltas sin respuestas. Charly no creía que le iba a hacer firmar un contrato. Era un imberbe y yo ya era madurito, hacía diez años me había fumado mi primer joint. Cuando le presenté a David Viñas comenzó a tener ideología política. Hasta ese momento había sido un crítico de las costumbres", recuerda.
A medida que transcurría la década, la represión y la censura aumentaban. De la vía negociadora (cambiar el nombre del disco de Sui Generis Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, que en un comienzo iba a llamarse Instituciones), a la desaparición de amigos como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y Paco Urondo pasó poco tiempo. Harto de la persecución y la paranoia como forma de vida, en 1977 Álvarez optó por el exilio en Río de Janeiro, Caracas, Nueva York y, finalmente, España. 
"Llegué con 10 dólares prestados y pude conseguir trabajo en CBS", dice Álvarez, que demostró ser jugador de todas las canchas, pasando de ser fundador de un sello vital para el desarrollo del rock argentino frente a la "basura pop que consumía el país", a trabajar bajo la presión de encontrar al "Sui Géneris español" que fue Mecano y un posterior y poco recordado descubrimiento de Marta Sánchez, que incluyó la grabación de su primer single y las primeras apariciones televisivas. "Me contrataron por cinco años para que encontrara al grupo del éxito y tardé un año y medio."  
Puesto en perspectiva de todos los lugares y artistas con los que le tocó trabajar, Álvarez reconoce que Luis Alberto Spinetta y David Viñas son las dos personas con las que le hubiera gustado haber creado más cosas. "Con Spinetta trabajé mucho pero no todo lo que hubiera querido. Sin dudas, fue uno de los mejores compositores de la Argentina. David Viñas se murió joven. Me hubiera gustado hacer diez libros más con él. Era muy inteligente y cumplía la máxima de ponerle inteligencia a un fin determinado." 
El 2013 encontró a un Jorge Álvarez activo, nuevamente trabajando en el país en la producción musical (ver recuadro aparte), y encabezando el lanzamiento de Obras Completas, de Germán Rozenmacher, y Tres historias pringlenses, de César Aira, como los dos primeros libros de la colección Jorge Álvarez lanzada por la Biblioteca Nacional. "Yo no sabía quién era César Aira, pero lo leí y me pareció serio. Cuando me preguntan qué libros seguirán en la colección respondo que primero disfrutemos de los dos que se acaban de publicar. Me sirve para disimular que no tengo idea cuáles serán los próximos. Alguien me recomendó que hiciera uno de historia, con próceres argentinos donde cuente la historia de cada uno de ellos. Estoy trabajando en eso pero no sé si algún día se publicará." 
"Me tratan como si fuera un prócer, íntimamente me siento así pero no lo digo porque me da vergüenza. Igualmente yo tiendo a desacralizar, a quitarle a todo el hálito de cosa sagrada. Sagrado debe ser el gato, después nada más", asegura Álvarez.  A los 81 años, antes de despedirse, se muestra algo nostálgico y asegura que "cuesta trabajo ser joven". «
 
 
el rocanroll de perón: encuentros con el general
 
En su libro Memorias, Jorge Álvarez dedica un espacio considerable a los vaivenes personales con Juan Domingo Perón. De origen antiperonista, el primer encuentro de ambos se produjo en 1967 en Puerta de Hierro, en la quinta donde Perón pasó gran parte de su exilio en España, y a la cual Álvarez llegó por intermedio del empresario Jorge Antonio. 
"Yo me hice peronista y le pedí disculpas por haberme alegrado cuando lo sacaron del gobierno. Cuando llegué, él estaba en una reunión con estudiantes y ferroviarios, vino, me dio un apretón de manos y una palmadita en el hombro y yo ya estaba entregado. Le dije 'discúlpeme, general, yo era un pelotudo en esos tiempos', y me dijo que me olvide, que siete de cada diez personas que lo visitaban le decían lo mismo". 
Difícilmente, en ese momento alguno de los dos pudo siquiera imaginar que cinco años después volverían a estar en contacto –esta vez en la Argentina–, por pedido expreso de Perón. "A comienzos de 1973 a través de la Juventud Peronista me pidió organizar un festival para que la juventud conociera la fórmula presidencial que resultaría ganadora en marzo, Cámpora - Solano Lima", recuerda Álvarez. "¿Qué van a conocer si eran antediluvianos? Los representantes políticos tenían entre 70 y 80 años, andaban con chalecos y los chicos que iban al recital tenían 20. ¿Te parece que puede salir bien? Todos fingíamos por Perón, así que imaginate lo que fue", dice. 
A pesar de esto, el festival –realizado en el Estadio de Atlanta– contó con la presencia del propio Cámpora junto a Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, en lo que se recuerda como uno de los primeros contactos entre rock nacional y militancia política. 
"El perfil del público era más rockero que militante, no había ese ambiente típico de los actos, con banderas y consignas ideológicas, pero justamente por esa razón el encuentro tenía un significado profundo y novedoso, porque para los rockeros –al menos en este país– nunca había existido la política", escribe Álvarez en sus memorias. 
Lo cierto es que a fuerza de unos pocos encuentros personales, su inicial antiperonismo rabioso se convirtió en una grata relación y pieza del armado político para que la tercera presidencia de Perón llegara a la juventud. 
"Perón era muy simpático. Te compraba enseguida aunque no estuvieras en venta. El festival en Atlanta no podía salir bien nunca, pero me convenció de hacerlo. Chapeau absoluto a él." 
 
 
despuntando el vicio
 
Además de estar a cargo de la edición de la Colección Jorge Álvarez de la Biblioteca Nacional, el regreso al país no alejó a Álvarez del mundo de la música. El grupo de punk rock de zona norte Iwánido –que tiene más de diez años, reconoce influencia de bandas como The Pixies, Hellacopters, Jane's Adiction, Ramones y actualmente está grabando su cuarto disco– es el preferido de Álvarez, que gusta de asistir a los conciertos y señalar los ritmos que deben manejar con el público. La reversión de "Despeinada", el tema original de Palito Ortega, con una guitarra distorsionada y comercial fue ideada por el propio Álvarez. "Me gusta trabajar con ellos porque tienen mucha polenta, talento y son divertidos", dice Álvarez y los califica como un poco ingobernables e irrespetuosos, como él. 
Por su parte, Nahuel Llioni, guitarrista de Iwánido, agradece el trabajo constante que Álvarez realiza por la banda. "Está trabajando con nosotros, nos caga a pedos, nos da consejos, nos viene a ver, nos está entrenando desde hace un par de años. Decimos que es como un coach que nos entrena y pone en orden las cosas que no funcionan y estamos haciendo mal. Pienso que es la persona en la Argentina que más sabe del negocio de la música. Nos dice que las horas que ensayemos son las horas de vuelo que vamos a tener, y que cuanto más ensayemos mejor vamos a tocar. También nos ayuda a armar la lista de temas en los recitales, nos dice cómo nos conviene ordenarla y qué trucos nos conviene aplicar sobre el final de los temas. Son cosas básicas, que quizás uno las toma como obvias y al final no te das cuenta y las dejás de lado." 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Historia de editores: Nuevos libros


En 1941, Henry Miller viajó a Nueva York y recorrió Estados Unidos, la ciudad en la que nació, su tierra. Salió espantado, excepto de Biloxi, un lugar “de ensueño” en el profundo Sur. Fue una pesadilla, Una pesadilla con aire acondicionado. Así tituló el largo relato de esa excursión al mundo capitalista que entonces vivía la siesta de la Gran Depresión. Como en las obras que lo hicieron famoso, dio mandobles a diestro y siniestro, y adivinó el clima de la guerra que se avecinaba así como el mundo de consumo irrestricto que vendría luego.
Veinte años después, en el otro lado del mundo, el mundo comunista, otra escritora, la francesa Simone de Beauvoir, visitaba con melancolía, acompañando a Jean-Paul Sartre, los avisos más dolorosos de la esclerosis del socialismo real y, además, de su propio marido. De ahí surgió un libro, Malentendido en Moscú. Ambos eran inéditos en español y acaban de aparecer traducidos por la editorial Navona.
Ni en el estilo (uno es rabioso, trepidante, está repleto de mala uva) ni en la atmósfera (son historias que viven en las antípodas) se parecen Miller y De Beauvoir, pero algo tienen en común estas obras que Navona rescata del olvido. En el libro de viaje del norteamericano que regresa de malhumor a su tierra y en la novela de la francesa que confirma su desencanto creciente hacia el comunismo se ponen en evidencia los dos espantos contemporáneos: el capitalismo ya no va a soltar su presa y el comunismo es aburrido como una mala historia de amor. Y los dos libros son eso, una historia de amor truncada, en el caso de Miller por su tierra, y en el caso de De Beauvoir desamor por el hombre que la había enamorado.
En un viaje a EE UU, el autor de ‘Sexus’ vio “el derrotismo de América”
“Todo está en el interior de nosotros mismos, y de una manera más clara y evidente aún, los mundos de ficción que creamos, la literatura”, dice Rosa Regás en el prólogo de Malentendido en Moscú. Y es verdad que el libro, que apareció por primera vez en Francia en 1992 (muertos ya Simone y su marido), se lee con la imagen (sobre todo la imagen última) de Sartre en la retina de lector. Este viaje sentimental a Moscú (en la ficción, a ver a la hija del marido de la protagonista; en la realidad, entre otras cosas, a compartir el tiempo con una amiga del filósofo) le sirve a Simone de Beauvoir para indagar en los efectos que la inminencia de la vejez tiene en la vida de pareja; y en este caso el aburrimiento que domina esa relación se acompasa con el aburrimiento que en ese momento devolvía la Unión Soviética a los que alguna vez creyeron que su ejemplo sería la solución, frente al capitalismo.
Una pesadilla con aire acondicionado es también la historia de un desencuentro; Miller había ido a Estados Unidos porque su padre se estaba muriendo, y encontró que era el país entero el que se había entregado a la muerte; el consumo calmaba las iras del aburrimiento y él preveía que esas ciudades que alguna vez fueron bellas e ingenuas se iban a devorar a sí mismas. Él vio ahí “el derrotismo de América”, la decrepitud de Nueva York, la estúpida aspiración al patriotismo como una religión. Algún día, frente a todo esto, habría que vivir "en cavernas democráticas".
‘Malentendido en Moscú’ se lee con la imagen de Sartre en la retina
En cavernas democráticas, o en París. El punto en común de estos dos libros de dos de los mitos más conocidos del siglo XX es un desamor común por el aburrimiento (de las patrias, de las ideas absolutas, de la pareja) y París. Nada hay como París; en Miller, como contrapunto de la fealdad insufrible de la mayor parte de la América que cruza; y en el caso del personaje femenino de Simone de Beauvoir París se presenta como solución ante la monotonía de Moscú, donde, además, se ha producido un insoportable malentendido del que parten la novela y, acaso, la propia autobiografía final de la pareja literaria más famosa del siglo XX.
¿Y por qué ha rescatado estos inéditos Navona? “Ya las agencias no te ofrecen inéditos ni te los encuentras por el camino” dice Pere Sureda, que forma parte del equipo editorial de Navona. “Y a mí me atraen esos escritores a los que se los comió la moda, pero siguen siendo excelentes. Henry Miller es un caso… En los 70 era comprado y leído y admirado por toda una generación. Pero pasado el tiempo, y a pesar de las excelentes ediciones de Edhasa, no existe en las mesas de novedades, ni está su obra entera en las librerías. ¡Pasó!”. Buscó en Internet (“que es donde encuentras esas cosas”) y halló este inédito, publicado por primera vez en 1945. “Busqué al agente, pagué, obviamente, y ahí está”. El relato de Simone de Beauvoir se había publicado en una revista y se editó en libro a finales de 2012, “a bombo y platillo”, por lo cual Sureda pensó que estaría vendido en España. “¡Y estaba libre de derechos! ¿Increíble, verdad? Así es el mundo del libro”. ¿Y fueron muy caros? “No tanto, entre 1.500 y 3.000 euros”.
La traducción de Una pesadilla con aire acondicionado es de José Luis Piquero; la de Malentendido en Moscú es de Joachim de Nys. Navona es una editorial de larga data, basada en Barcelona, a la que ahora se ha incorporado Pere Sureda, cuyo último trabajo, después de pasar por diversas editoriales españolas e iberoamericanas, fue el de director editorial en España de Norma.
 
 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Pequeñas editoriales

Portadas
El mundo editorial está un poco loco. Se publica mucho y más en nuestro género, aunque tiendo a pensar que ya no es porque esté de moda sino porque, en cierto modo, se ha instalado como fenómeno. El caso es que por más que este humilde bloguero lea, no da tiempo a comentar propiamente y con la calidad que se merecen tantos y tantos títulos. Por eso quería dejar un hueco a algunas apuestas arriesgadas, interesantes y algunas veces suicidas que me han hecho llegar de una u otra manera editores y autores más pequeños. 
Sí, lo sé, se van a quedar fuera muchos. Lo siento. Haremos más, pero prefiero comentar sólo lo que conozco. Luther, una novela en el País Vasco con ETA y las drogas de fondo, una sopresa italiana y una apuesta suicida del gran David Peace son algunos de los platos de este menú. Lean y disfruten. 


Lobos frente al mar. Carlos Mazza. (Seronda. Traducción de Francisco Álvarez). Un autor y una novela peculiares. Corrupción, negrura y muerte en el Bari veraniego (buen escenario) que tan bien conoce el autor (sólo ha salido de allí para hacer el servicio militar). Una novela que entra de lleno en la miseria que corroe Italia contada con acierto y pulso por un hombre que militó en la extrema izquierda y que ha trabajado 35 años en el sector bancario. El libro inauguró la colección Sabot- Age del sello Edizione, avalada por el maestro Massimo Carlotto (otro con historia al que debemos un homenaje aquí). 
La rata en llamas. George V. Higgins (Libros del Asteroide. Traducción de Magdalena Palmer). Algunos nunca dejaremos de agradecer a estos aventurados editores que hayan recuperado a un clásico del género que ha sido menospreciado a un nivel sólo comparable con su calidad. Aquí ya hablamos de él y volveremos a hacerlo. En este caso vuelven los ingredientes clásicos: abogados de poca monta, delincuentes grises pero peligrosos, humor corrosivo y, sobre todo, unos diálogos por los que muchos autores contemporáneos darían sus dos brazos.
1974. Red Riding Quartet. David Peace (Alba. Traducción de Manu Berástegui). Un escritor de altura embarcado en un proyecto de locos. Este libro es la primera parte de una serie de cuatro obras publicadas por Alba y situadas en Yorkshire. Muerte, misterio, negrura, mucha negrura y calidad para una novela que no se olvida fácilmente (cuando lea las otras tres, lo comentaremos como se merece). Un libro brutal de un escritor soberbio. Ya hablamos aquí también de Tokyo Año Cero.
Luther. El origen. Neil Cross (Es Pop Ediciones. Traducción de Óscar Palmer). Para los fans de la serie poco se puede decir de Luther que no se sepa. Para los que no la hayan visto, que no se la pierdan. Para todos, vayan a este libro donde Cross (guionista de la serie) refleja a la perfección los demonios internos que llevaron a Luther a la desesperación y a la cuesta abajo personal y profesional. A veces crep que es mejor incluso que la serie. Un must. 
Respirar por la herida. Víctor del Árbol. (Alrevés). Baste este ya emblemático libro de la ficción criminal española contemporánea para hablar de la apuesta valiente y seria de esta editorial. De la novela ya habló el autor en una entrevista de Aurora Intxausti en este blog. Sólo decir que tiene una fuerza desconocida y una calidad soberbia, como otras obras de las que ya hablaremos (atentos a La paz de los sepulcros, de Jorge Volpi, que reseñaremos en breve. Brutal). 
Nadie llora a un muerto. Deborah Crombie (Navona. Traducción de Rebeca Bouvier). La autora de Dreaming of the bones sigue con su serie de Duncan Kincaid y Gemma James. Ella es texana pero escribe novelas perfectamente ambientadas cerca de Londres. Un clásico del género que no conviene perderse. 
La última batalla. Javier Abasolo (Erein). A veces se echa en falta novela negra que se meta hasta el fondo en la miseria que ha vivido este país. Esta lo hace. El asesinato de un etarra a la salida de prisión (qué actual) y las heridas sufridas por un ertxaintza en el mismo acto desencadena una investigación que vuelve al Euskadi de los ochenta: ETA, la reconversión industrial y las drogas. Un paisaje duro para una novela que no da tregua. 
Los cuadernos secretos de Sherlock Holmes. Javier Casis (Buscarini). Una aventura más para los amantes del inquilino del 221b de Baker Street. Ya saben los fans que Holmes participó en decenas de casos que sólo aparecen citados pero que Connan Doyle nunca relató. Casis los recoge con respeto y los cuenta. Arriesgado, sí, pero interesante y muy entretenido. 
Con todo el odio de nuestro corazón. Fernando Cámara (Rey Lear). Un mundo, no tan lejano, en el que la crisis no ha devastado y la clase media vive en la miseria. Un profesor, un joven desequilibrado y una directora de sucursal que vendió preferentes se alían para matar a uno de los responsables de la crisis. Distopía y ficción criminal mezclados y que merecieron el Premio Francisco García Pavón de narrativa policíaca 2013. 
13 días. Valentina Giambaco (Pamiès. Traducción de Ana María Sánchez). Un hombre temido por todos que fue secuestrado cuando era pequeño. 13 días y una venganza pendiente. Y una detective, Alice Madison, que tiene que pasearse por el lado oscuro para tratar de llegar a la verdad. Thriller psicológico de los buenos. Ya hablamos en su día de El pirómano, otra de las apuestas de estos aventureros. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

André Schiffrin:editor independiente


Murió el editor independiente André Schiffrin

Publicó a autores como Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvo Beauvoir, Marguerite Duras y Günter Grass en los Estados Unidos. Tenía 78 años.

SCHIFFRIN. Fue uno de los hombres más importantes del mundo de la las Letras estadounidenses.

André Schi Schiffrin, el editor independiente franco-estadounidense que publicó a autores como Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvo Beauvoir, Marguerite Duras y Günter Grass en los Estados Unidos, murió el domingo en Par París a los 78 años.
Schiffrin, uno de los hombres más importantes del mundo de la las Letras estadounidenses, falleció en la ciudad en la que había nacido en 1935 y de la que emigró a los 6 años, huyendo de la persecución nazi que había invadido Francia. 
Heredó una editorial pero sobre todo la pasión por el oficio de su padre, pero cuando los resultados económicos no fueron buenos, fue separado de su cargo: decidió entonces fundar una nueva. A la vez, escribió durante su carrera algunos libros con reflexiones sobre su trabajo, como El control de la palabra, La edición sin editores, Una educación política y El dinero y las palabras.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El desafio de acercar la palabra a las masas

El libro entre la creación y la comunicación:El desafío de acercar la palabra a las masas
“Desde la palabra y gracias a ella, hemos construido el edificio de la civilización”. Así dio inicio Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa, a la segunda plenaria del día: El libro entre la creación y la comunicación. El libro tradicional, afirmó, el escritor y académico, no es solo un recipiente de historias y relatos, "es un objeto valioso en sí mismo por su textura, por su olor, por su tipografía". Insistió en que más allá de la discusión sobre si es mejor o no el libro de papel o el electrónico, al final, contar historias seguirá siendo la esencia de nuestros orígenes.
La manera en que esas palabras con que se ha construido a través del tiempo el edificio de la civilización han evolucionado mucho desde entonces y ha penetrado hasta el libro electrónico simplificando el trabajo de los escritores, reduciendo los costos de producción y multiplicando el universo de lectores. “Las ediciones digitales comienzan a superar a las impresas y son el camino para que los países alcancen el anhelado fin de la democratización de la lectura”, asegura Osvaldo Hurtado, ex presidente de Ecuador.
Esta era digital ha traído consigo la inmediatez de la noticia y a su vez, la saturación de información. Según Fernando Iwasaki, escritor, filólogo e historiador peruano, “nuestra época de desafíos creativos y comunicativos tiene mucho en común con la Europa de los años 1500, abrumada por exceso de información que casi nunca logró convertirse en conocimiento”.
Es necesario decantar la información, el problema es que solo una minoría escoge la cultura: “Las personas eligen más entretenimiento que cultura, más deporte que literatura, más chismorreo que información”. Para ello el autor chileno Antonio Skármeta propone abordar la literatura de manera diferente, evitando colocarla como algo lejano y ausente. “Es necesario insertar el cuerpo extraño (la literatura) en un paisaje familiar”.
Lo dice por experiencia, pues fue algo que él logró a través de la serie El Show de los Libros que desmitificó la creencia de que la televisión amena no puede ser inteligente, y viceversa, presentando la literatura como algo cercano a la audiencia, brindándoles otra perspectiva.
“Contar las cosas es una manera de poseerlas, apoderarse y compartirla con los demás”, dice Cebrián para recordarnos la importancia del contador de historias y la responsabilidad que tenemos de defender nuestra cultura a través de la literatura.
“El futuro de la literatura está en Latinoamérica”
“El derecho de autor está en crisis” según Fernando Serrano Migallón, profesor de Ciencia Políticas y Derecho Constitucional mexicano. Durante su intervención en la mesa sobre Propiedad intelectual y derechos de autorexplicó que el principal problema es su naturaleza. “No sabemos si es un derecho público, privado, social, personal… tiene algunas características de cada uno y en definitiva, es un derecho humano y un derecho moral. Pero es un derecho complejo”. Esto dificulta su legislación y la aplicación de la ley.
Ante los 25 millones de dólares que la piratería literaria genera anualmente,Héctor Abad Faciolince, autor, periodista y editor colombiano, considera que se necesita una ley universal que regule el derecho de autor pero no existe un legislador que proteja a todos. “Para solucionar los problemas cibernéticos, debemos crear nuevas técnicas más eficaces. Hay que crear un nuevo modelo de regulación”.
Si hablamos sobre derechos de autor, también es importante resaltar los derechos del lector. En el panel de Edición digital y libro electrónico donde se realizó una ronda de preguntas, nos encontramos con un señor preocupado por la volatilidad de los libros electrónicos, “¿Qué pasará cuando lleguen nuevas tecnologías que no sean compatibles con mis e-books? ¿Cómo dejarle el legado de mis libros favoritos a mi hijo?”
A esto Pablo Arrieta, profesor en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia, respondió: “El lector tiene derechos, entre ellos el derecho de permanencia de la cultura. A la hora de hablar de libros electrónicos, no es simplemente cambiar el formato sino cambiar un chip de cómo vamos a acceder a la información”. Hizo énfasis en la forma en que los libros electrónicos han ayudado a personas con discapacidad a través de audiolibros y los enlaces multimedia que muchos ya contienen, intentando dejar claro que no debe existir miedo a esta evolución del libro.
 “Cada libro encuentra su lector y cada lector encuentra el formato en que quiere leer. Al final, cada elemento (el libro impreso y el digital) va a tener su propio espacio. A nosotros nos queda defender nuestro derecho como lector”.
Al hablar de Edición y canales de distribución, Claudio López Madrid, editor de Random House Mandadori, afirma que el futuro de la literatura está en Latinoamérica. Sin embargo, no siempre fue así. El mercado americano servía de apoyo para la industria del libro en España. “Hoy en día es otra historia y yo le aconsejo a nuestros autores que se ganen su natal primero, luego los pueblos vecinos y después, solo después se expandan a nuevos horizontes como Estados Unidos y España”.
Finalmente, nos deja esperanza a los aspirantes novelistas cuando insiste en que “no hace falta ganar el Premio Alfaguara para estar en todos los países de la lengua. Lo que hace falta es imaginación y esfuerzo”.

EL DESTINO DEL LIBRO

El segundo día del VI Congreso Internacional de la Lengua Española (www.cile.org.pa) abrió con un tema que ha creado mucho debate durante los últimos años: la amenaza de que la era digital se convierta en un gigante capaz de hacer desaparecer la imprenta.
Sin embargo, para Raúl Padilla López, “el futuro, más que de amenazas, está lleno de oportunidades para el libro en español y para nuestra lengua en general”.
Padilla recordó cómo en 2001, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la cual fundó y preside, Apple y Adobe presentaban la viabilidad del libro electrónico pero nadie creía en que pudiera tener éxito.
Nos encontramos ahora, una década después, con Kindles y iPads con los cuales tenemos acceso a miles de títulos que podemos descargar sin añadir peso a nuestras carteras o maletines. Y entramos en una propuesta interesante, la bibliodiversidad que “debería ser un derecho humano pues todos debemos tener acceso a libros y conocer nuestra propia historia a través de ellos”, afirma Padilla.
Hoy en día los jóvenes con acceso a una Tablet leen más, y es que nos encontramos en un proceso de “redefinición” del libro. “Debemos pasar del espacio donde el lector comulgaba solo con la palabra y abrirnos a la posibilidad de una experiencia multimedia donde existe la palabra acompañada de video, fotografías y hasta juegos”.
El libro impreso, tradicional y fiel amigo, es el pilar de una industria que genera 151 millones de dólares al año, más que la industria del cine o la música. Sin embargo, el crecimiento de la industria se ve frenado por las dificultades de distribución. Ana María Cabanellas sabe que la medida correcta para superar esta situación es la libre circulación y que lo digital es una herramienta que lo facilita. “No se puede negar la importancia de la libre circulación que permitiría llegar a más lectores y es sabido que la lectura colabora a la formación ciudadanos libres. Con mayores ofertas y precios más bajos enfrentaríamos la piratería.”, afirma Caballenas.
Y es justamente el auge de la piratería, más allá de la crisis económica, la que ha afectado tanto al mercado que es 22% más pequeño que hace 5 años. “Solo 32% de los que se descargan libros en España, lo pagan”, aporta José Creuheras, vicepresidente de Grupo Planeta. “El consumidor tiene poca conciencia sobre el valor de la creación intelectual y la ausencia de leyes que la protejan ayuda al quiebra la cadena de valor del libro. La piratería es un delito que se afronta con un verdadera compromiso por parte de los legisladores y la sociedad”.
La industria del libro vive la mayor transformación de su historia. No sabemos qué nos espera, porque como dijo Padilla, “no nos espera descubrir un nuevo mundo como Colón, sino que nosotros debemos construirlo y debemos construirlo juntos”.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Figura de culto. Editorial Jorge Álvarez


Jorge Álvarez: "Me hubiera gustado ser un mafioso"

En los años sesenta, capitaneó la editorial que llevaba su nombre y que, con una pléyade de autores jóvenes, renovó el panorama de la literatura y el ensayo argentinos. A fines de esa década, se convirtió en el motor del rock local en español. A sus ochenta años, de regreso en la Argentina, mientras se apresta para volver al ruedo, acaba de publicar sus memorias

Dice la leyenda que Macedonio Fernández, cuando ya vivía de hotel en hotel, iba dejando abandonados sus escritos y papeles en los distintos cuartos por los que pasaba. Esa lógica olvidadiza, que guía a los distraídos pero también a los inquietos, parece ser el santo y seña de Jorge Álvarez (Buenos Aires, 1932) . "Trato de no llevar nada en la mano porque siempre me olvido de todo", sostiene, a sus activos ochenta años. Álvarez fue uno de los editores esenciales de una década culturalmente renovadora y ajetreada -la de los años sesenta-, pero no conserva siquiera un ejemplar de los cerca de trescientos libros que publicó. Fue factor determinante de la industria discográfica, pero no guardó sus discos. Tampoco archiva fotografías propias: las imágenes que ilustran sus Memorias son gentileza de los que lo retrataron en su momento. Se lo podría caratular de mito, si no fuera porque el uso y abuso del término parece haberlo desprovisto de sus connotaciones maravillosas y legendarias. Tal vez, si la curiosidad, el desenfado y la capacidad de reconstruirse son una virtud vernácula, se lo debería considerar algo más: una categoría argentina.
Instalado en el bar de un señorial hotel porteño, Álvarez parece una suerte de niño eterno que surca los tiempos como si la cronología no fuera más que parte de un juego. La jovialidad lo releva de cualquier edad: puede recordar cuando iba a ver jugar al River de sus amores en los años cuarenta (la famosa Máquina) con la frescura del que acaba de salir del estadio. Contar su pasión por Piazzolla, Troilo y las noches del Club 676 (lo único que parece despertarle algo de nostalgia), sus vínculos con escritores y rockeros, o la organización de su nuevo proyecto (una colección que, impulsada por Horacio González desde la Biblioteca Nacional, llevará el sello Biblioteca de Jorge Álvarez), como si se encontraran en el mismo plano.
Un resumen parcial de su foja profesional diría que entre 1963 y 1968, antes de que la política del ministro de Economía de Onganía, Adalberto Krieger Vasena, ahogara su estrategia de ser "un capitalista sin capital", comandó el sello Editorial Jorge Álvarez; que publicó, entre muchos otros, los cuentos de Rodolfo Walsh (Un kilo de oro, Los oficios terrestres), el primer libro de relatos de Ricardo Piglia (Invasión), la obra inaugural de Manuel Puig (La traición de Rita Hayworth), el debut novelístico de Juan José Saer (Responso). Que editó Nanina, la narración de un jovencísimo Germán García, libro que se transformó en cause célèbre. Fue también él quien convenció a Quino de reunir Mafalda entre las tapas de un volumen y quien publicó Los pollos no tienen sillas (1968), el único libro de Copi que salió en la Argentina en vida del autor. En aquellos días, su colección más famosa fue la serie de Crónicas (que dirigió Julia Constenla), antologías en que, siguiendo el hilo de un tema, coincidían autores disímiles: Truman Capote podía codearse con Ricardo Güiraldes y Antoni Gramsci o, como ocurrió en las Crónicas del sexo (1965), Eugenio Cambaceres compartir cartel, entre otros, con Manucho Mujica Lainez y Pirí Lugones.
No fue todo. Álvarez despuntaría otros vicios (fue actor en Puntos suspensivos, de 1971, la película experimental de Edgardo Cozarinsky), pero sobre todo, a fines de los años sesenta, fundaría con otros socios Mandioca, primera editora independiente de rock argentino, que puso en circulación los primeros discos de Manal y Vox Dei. En Talent-Microfon (que sería el nombre de Mandioca al ser absorbido por una discográfica) produciría a La Cofradía del Sol Solar, Pescado Rabioso (ahí saldría el celebrado Artaud), Invisible, Color Humano y el dúo Sui Generis, del que Álvarez sería factótum directo. Y en Music Hall, a Billy Bond y la Pesada del Rock & Roll. Durante la dictadura, el antiguo editor, ya convertido en productor, se mudaría a España ("no me fui, me echaron con amenazas", recuerda), donde aplicaría su talento de productor musical a una movida española que demoraba en despegar.
Álvarez volvió a la Argentina en 2011, pero todavía no se decide. "Estoy viviendo en un hotel, pero, para quedarme, debería encontrarme un lugar, alguien que me cuide", dice, mientras hojea un ejemplar de sus Memorias (Libros del Zorzal), ágil volumen que traza la parábola cartesiana de su carrera y, con el mismo gesto, el retrato oblicuo de más de una época y de un fenómeno.
-Cabrera Infante decía que de chico nadie dice que quiere ser crítico de cine. ¿En su infancia se imaginaba editor?
-Para nada. Más bien me veía jugando al póquer, al bridge, al fútbol, al rugby, yendo al hipódromo. En mi familia querían que fuera primero militar (para evitar mi rebeldía) y después contador, pero los números me aburrían. En el fondo era un niño bien. Mi padre tenía una sastrería de trajes a medida, pero, aunque estaba acostumbrado a tener mucama, autos, chofer, chalets, ya me tocó la época en que empezábamos a planear hacia abajo . En aquella época, lo que me hubiera gustado era ser un mafioso, pero no había manera. En la Argentina sólo había rateros ilustrados.
-Por lo que cuenta en sus Memorias la editorial surgió por una serie de hechos fortuitos. ¿Qué es lo que le dio un impulso tan acelerado?
-Nació de pura casualidad. Yo trabajaba en una librería jurídica (había llegado ahí por algunos compañeros de rugby). De a poco empezamos a vender también otra clase de libros. David Viñas, que iba a la librería, se me acercó con la idea de hacer una biografía de Eva Perón. No interesó donde trabajaba y el libro al final no se hizo (o, mejor dicho, Sebreli se nos adelantó), pero eso me impulsó a abrirme. Empecé de hecho publicando textos económicos de la Monthly Review, la revista de la izquierda norteamericana. Después seguimos con los libros de Crónicas. La idea surgió con el regalo de un texto que le hizo Ernesto Sabato a "Chiquita" Constenla. A partir de ahí se nos ocurrió encargar otros textos, y empezamos una colección: Crónicas del amor, Crónicas de la burguesía, Crónicas de Buenos Aires. Al terminar el primer volumen, me di cuenta de que habíamos creado un gran pelotazo. Se leía rápido, se leía bien. Eran libros cortos, que permitían que uno se zambullera rápido y saliera. Sacamos uno por mes, y empezamos a sumar ensayos, literatura, un poco de todo. Cuando me quise dar cuenta, sin tener la menor conciencia, descubrí que era el editor de moda. Curiosamente, porque no publicaba lo que estaba de moda, sino que hacía la moda.
-Según dice, la editorial llevaba su nombre para señalar que su gusto guiaba las elecciones. Pero ¿en qué consistía ese toque personal?
-Había leído mucho la Crítica del gusto, de Galvano Della Volpe. Yo entré un poco en esa variante, la de que no había cosas maravillosas, feas o regulares, que después retomó Umberto Eco. La verdad, era un pendejo pretencioso, pero al mismo tiempo bastante abierto. No tenía nada estudiado, era intuitivo. Respetaba el gusto de la gente, y supongo que por eso el público iba a pedir los libros por el nombre de la editorial, no del autor. Era algo que antes no pasaba. Lo que sí sabía que no iba a publicar era nada que fuera notoriamente de derecha. Yo no era muy político, pero desde el punto de vista intelectual la derecha me pareció siempre un poco aburrida.
-Lo que la editorial parece haber introducido en los años 60 es también una serie de autores jóvenes, con un estilo influenciado por la prosa norteamericana.
-No tenía autores viejos porque era joven. Creo que eso cambió un poco la óptica. Además, me gustaba mucho Hemingway, esa especie de escritura de corresponsal. Me encantaba el escritor, aunque no tanto el personaje. Empecé publicando a Germán Rozenmacher y después se fue dando naturalmente el acercamiento de otros escritores, de Rodolfo Walsh a Paco Urondo, de Oscar Masotta a Beatriz Guido.
-Dice que le hubiera parecido una falta de respeto escribir en aquel entonces. ¿Por qué?
-Como editor, en aquella época tenía la manija. Hubiera sido actuar con ventaja. Me hubiera gustado ser un escritor famoso, pero no había nacido para eso. De repente, me atreví ahora, de manera más liviana, sin solemnidad ni la idea de implantar principios.
-¿Qué me puede decir de los riesgos del trabajo de editor, en los años sesenta?
-Tuve dos meses de prisión en suspenso por Crónicas de sexo (con Torres Nilsson y Pirí Lugones). Pero ¿qué podía hacer ante ese tipo de situaciones? ¿Censurarme a mí mismo? Simplemente eran cosas que sucedían. El riesgo no me preocupaba: en la Argentina de entonces nunca había habido una represión a fondo, como después, cuando se volvieron locos.
-Las Memorias le dedican un gran espacio a la amistad con el cineasta Leopoldo Torre Nilsson, "Babsy", al que le publicó un libro, y que hoy parece estar un poco olvidado.
-Babsy era un ser delicioso. Ya había hecho Piel de verano cuando lo conocí, pero todavía no La mano en la trampa. Hacía un cine distinto. Con el paso del tiempo, descubrí que en realidad los primeros planos, la introspección eran producto de que no veía un pimiento. Por lo demás, tenía muchos enemigos, injustamente, porque ayudaba a todo el mundo. Abría el juego para todos, y sin embargo no lo recuerdan con alegría. Era alguien con muchos elementos populares, pero enquistado en medio de la burguesía argentina, que siempre ha sido menos lúcida que la burguesía brasileña, menos dispuesta a la música y a las cosas livianas. La carta que me envió Beatriz Guido (mujer de Torre Nilsson) cuando murió no deja de conmoverme todavía hoy.
-¿Qué libro de aquella época le hubiera gustado editar? ¿Cortázar, de quien habla con tanta admiración? ¿García Márquez?
-Traté de conocer a Cortázar, pero no lo logré. Era alguien muy particular. Con García Márquez fue distinto. Lo visité en México, cuando estaba escribiendo Cien años de soledad. Me quería llevar el libro para publicarlo yo, pero ya se había metido en el medio Porrúa, además de que Fernando Vidal Buzzi (gerente por entonces de Sudamericana) tenía más plata que yo. Estuve yendo a su casa durante toda una semana. Íbamos a cenar. Cada noche se venía con unas siete páginas y las leía en voz alta. Un punto y aparte, decía, tiene que ser la pausa para el aplauso. Leía esas páginas y yo alucinaba. No lo conocía nadie, pero en los corrillos ya se sabía el nombre, quién era deslumbrante y quién no. Pero no sentí desilusión al no poder publicarlo. Sabía de antemano que sería imposible.
-¿En qué se diferenciaban Roland Barthes y Jean-Paul Sartre, a los que trató?
-Barthes: un encanto. Nos reunimos en Deux Magots, y después en el Café de Flore. Lo convencí para traducir El grado cero de la escritura. Era de lo más cordial. No así Sartre, que era antipático como él solo. Tratamos de convencerlo con Viñas para que nos dejara hacer la revista Tiempos Modernos en español. Yo era demasiado fanático de Sartre. Había visto como siete veces A puertas cerradas. Pero, claro, el hombre no daba mucho espacio. No quería perder el control, si había, como era nuestra idea, producción en español. Tenía miedo de que lo manipularan, algo que les pasa siempre a los franceses. Me acuerdo de François Maspero, el gran editor de izquierda. No te escuchaba. Uno le decía: "basta de hablar de América Latina como si fuera todo lo mismo; América Latina como tal no existe". Y seguía con lo mismo. Tuve muchas discusiones con él, con Régis Debray. También con el italiano (Giangiacomo) Feltrinelli, que quería ejercer como una especie de representante de Fidel Castro fuera de la isla. Terminó volando en pedazos tratando de poner una bomba.
-¿Cómo fue el pase de ese mundo, y el de los libros, a la industria discográfica y al rock, sobre todo viniendo, como oyente, del tango y del bebop?
-Yo creo, es una suposición mía, que me tendieron una trampa, que organizaron una fiesta con el único fin de convencerme. Hicieron bien, porque lo lograron. En esa época la gente no se acostaba tan tarde, y se me ocurrió hacer conciertos al mediodía, que tuvieron un éxito impresionante. Y sobre todo, dejamos de lado esos grupos que cantaban en inglés y se vestían como los Beatles. Mi identificación con el rock fue total. Discutía de la nueva música, con los Manal, por ejemplo. Dejé de escuchar a Gillespie, a Thelonious Monk, y me dejé llevar sin ninguna nostalgia.
-En las Memorias cuenta que convenció a David Viñas para que aconsejara a Charly García, cuando usted era productor de Sui Generis. ¿Qué resultó de ese contacto a priori inverosímil?
-Charly me tenía un poco harto con eso de "aprendí a ser formal y cortés/ cortándome el pelo una vez por mes". Si eso era la única crítica social que podíamos hacer, estábamos mal. Mi idea era que sus letras empezaran a hablar un poco de la realidad. Nunca supe de qué conversaban, pero Charly se pasó de rosca enseguida. Lo tuve que parar a David, porque me lo estaba convirtiendo en un marxista-leninista.
-Con la excepción de un breve período en los años 80, estuvo fuera más de tres décadas. ¿Cómo fue su relación con el país durante ese período?
-Yo tuve con la Argentina una relación muy argentina. Me dieron a entender que me tenía que ir, y cuando corté con el país, corté. Lo que más me sorprende hoy es reencontrarme con mi pasado. Porque cuando emigrás, no tenés pasado. No existe más el "¿Te acordás?", además de que nunca tuve esa vocación de "Adiós, pampa mía".
-En la última década ha habido un auge de la edición independiente. ¿Se podría establecer una continuidad entre su experiencia y la actual?
-Me admira el trabajo que hacen las nuevas editoriales. Yo no tenía ese grado de conciencia en los años 60. A su manera, me están dando más importancia ahora que antes. Me tratan como si fuera el papá de muchos, idea que, me permito decir, es correcta.
-En todos estos años no estuvo vinculado al mundo de la edición, pero ahora vuelve a la actividad. ¿Qué va a publicar en la Biblioteca de Jorge Álvarez?
-Para empezar, las obras completas de Germán Rozenmacher. Porque había sido mi primer libro, Cabecita negra. Lo judío cuenta y no siempre está bien tratado en la literatura argentina. El toque judío de Rozenmacher, en cambio, es fantástico. Al final no sé si va a ser un tomo o dos, porque fueron apareciendo muchos artículos poco conocidos.
-Es una especie de círculo que se reinicia en el mismo punto. En las Memorias sostiene que durante su desconexión de la Argentina no leyó nada de lo que se publicaba en estas costas. ¿Se puso a tono con los tiempos que corren?
-En lo que pude. El segundo libro va a ser de César Aira, al que hasta hace poco, como es lógico, desconocía. Son historias de campo, de su pueblo. Me hubiera gustado una antología personal, seleccionada por él. Yo creo que los grandes autores necesitan en cierto momento de su carreraa elegir lo que crean que han hecho mejor. Pero, bueno, César Aira no: no se dejó enredar